Siempre me he sentido así. Nunca me he identificado con nada de mi alrededor ni con nadie de mi entorno. Siempre me he creído diferente. Nunca he sabido exactamente en qué ni por qué.

Pero sé que no encajo. Soy una pieza de otro puzzle. Soy un verso discordante en el soneto.

Nunca he podido echarle la culpa de esto a nadie. Solo a mi alucinada mente, a mi endemoniado carácter y a mis excesivas elucubraciones. O sea, encima autodestructiva.

Dicen que soy lista. También dicen que soy guapa. Pero yo no me creo ni lo uno ni lo otro. Si soy sincera, hace mucho ya no me creo nada de lo que me dicen.

Sufro. Ya sé que en el mundo hay quien sufre de verdad por desgracias reales, y lo mío a su lado os debe parecer una tontería. Pero lo cierto es que no recuerdo un solo día de mi vida en que no sintiera dolor por algo. Es como una espina clavada por dentro que no me pudiera arrancar.

No hay nada que me calme ese dolor. Nada. Al principio el alcohol lo conseguía bastante. Bebía y me anestesiaba por dos días al menos. El que me pasaba borracha y el de la resaca bestial, que con un poco de suerte era tan intensa que no me permitía pensar. Ahora ya no funciona. Bebo y me emborracho hasta caer redonda al suelo, pero solo mitiga un poco, ya no calma. Ya hasta medio inconsciente sigo pensando y dando vueltas a todo. Ya incluso con el mayor resacón de mi vida sigo sufriendo, hastiada de dolor y de rabia.

Tengo miedo. Creo que me volveré loca. Vamos, no es que lo crea, es que estoy segura, sé que acabaré encerrada en un psiquiátrico. Eso si pierdo totalmente la conciencia y ni me entero, porque por poca lucidez que conserve me mataré ants. Lo tengo claro. Antes muerta que encerrada. Aunque no sé si tendré valor. Varias veces he acariciado con el filo de una navaja las venas de mi muñeca. Nunca me he atrevido a cortar. Siempre he acabado volviendo a guardar la navaja, llorando de rabia e impotencia por ser tan estúpida, y bebiendo hasta perder el sentido, hasta olvidar mi deseo suicida y mi cobardía para llevarlo a cabo.

Me gustaría convertirme en la golondrina del tatuaje de mi pie izquierdo, éste de la foto, y volar lejos de aquí, lejos de toda esta mierda. Lejos del mundo. Lejos de mi propia vida. Pero no me engaño, eso es solo un sueño. Mi único destino posible es el infierno. Ésta será, si conservo la voluntad de seguir escribiendo, la crónica del viaje.